domingo, 1 de septiembre de 2019

A los liberales del mal menor



Partido predominante y partido hegemónico
Se conoce como sistema de partidos (1) a las distintas formas coexistencia entre los partidos de un sistema político. Hay sistemas de partidos competitivos y no competitivos, según haya o no elecciones libres. El hecho que un candidato gane sin oposición, o con una mayoría aplastante, no determina que el sistema no sea competitivo, sino únicamente cuando no se permiten elecciones libres. Obviamente, lo que importa es la realidad y no las normas legales. La no competencia se da cuando a los adversarios se los priva de la igualdad de derechos, hay impedimentos, amenazas, terror o se los sanciona por decir lo que piensan. En un sistema competitivo, en cambio, el votante debe tener dos opciones: la posibilidad de hacerse oír y la de salirse de un partido e irse a otro.
Dentro de los sistemas no competitivos encontramos los casos del partido único y el partido hegemónico. El partido único (autoritario o totalitario) se refiere a aquellos sistemas en donde un solo partido es legal, y es el único autorizado para presentarse a las elecciones.
Resulta de interés para esta notita fijar la atención en el partido hegemónico. El partido hegemónico no permite una competencia por el poder. Admite que existan otros partidos, pero como partidos secundarios a los que no se les los deja competir en pie de igualdad. La alternancia no sólo no se produce sino que no es posible que se produzca. Así, el partido principal actúa con poca responsabilidad ya que no existe sanción derivada de la alternancia en el gobierno. Los partidos secundarios son tolerados, se les asigna una cuota de poder, pero no se permite un discurso abierto eficaz. Como ejemplos típicos de partido hegemónico se puede mencionar el caso de Polonia durante los años del comunismo pro-soviético y el de México con el PRI, partido que se mantuvo en la presidencia desde 1929 hasta el 2000.
En los sistemas competitivos también podemos encontrar lo que se llama partido predominante. Este sistema de partido puede provenir de un formato bipartidista o de uno muy fragmentado como ocurría en la India hasta las elecciones de 1996. Los partidos predominantes son partidos que tienen una influencia superior a la de otros partidos, pero a diferencia de los hegemónicos, comparten el poder, pueden perder elecciones o necesitan de otras fuerzas para lograr coaliciones de gobierno en los parlamentos. Aquí nos encontramos con una especie de pluralismo de partidos donde la alternancia no es impedida, sólo que no suele darse por un tiempo prolongado; y hay oportunidades claras para un verdadero disenso. En el sistema de partido predominante hay igualdad de oportunidades, no así igualdad de recursos, ya que diferencia entre los recursos de los que goza el partido en el poder y quienes no están en el poder seguramente será mayor que en otros sistemas pluralistas.
Un partido predominante con pretensiones hegemónicas
Una característica central del peronismo es su formidable capacidad de adaptación a las diversas situaciones que le toca enfrentar. Sus objetivos pueden aparecer enmascarados tras una doctrina o ideología, de contenido variable según las circunstancias, pero lo central para el peronismo es la conservación del poder.
Como partido, el peronismo se caracteriza por una doble vocación. En primer lugar, ser partido predominante. Esto se verifica en su historia, tanto en elecciones nacionales como en las provinciales. En segundo lugar, el peronismo posee tendencias de partido hegemónico. Así lo expresaba Natalio Botana (2):
«El problema de fondo que tenemos hoy es que la fuerza dominante desde el punto de vista electoral y del control de la mayoría de los gobiernos provinciales y municipales es el justicialismo, que se presenta de acuerdo con los diferentes ciclos de esta democracia con distintos nombres y ropajes. Es un partido con pretensiones hegemónicas, no se puede decir que lo sea por la duración, porque a fin de cuentas en la Argentina ha habido varias alternancias, pero es el partido predominante con pretensiones hegemónicas que fueron muy claras durante el menemismo y también […] durante […] el matrimonio Kirchner».
Cuando el peronismo tiene éxito electoral suficiente se consolida como partido predominante. Y no tardan en manifestarse en su seno las tendencias hegemónicas. Así, surgen los proyectos de reforma constitucional para prolongar los mandatos mediante la reelección indefinida, tentativas para debilitar los organismos de control o propuestas que menoscaban la independencia del Poder Judicial.
La oposición a un futuro gobierno del Frente de todos
El resultado de las últimas PASO permite formular un pronóstico con alta probabilidad: el peronismo, bajo la denominación Frente de todos, ganaría las próximas elecciones en primera vuelta por una amplia diferencia respecto de Juntos por el cambio. De este modo, el gobierno de Alberto Fernández daría inicio a un nuevo ciclo de peronismo en el gobierno, con importante representación parlamentaria y predominio en la mayoría de las provincias. Proyectando los resultados nacionales de las últimas PASO, el peronismo no tendría quórum propio en diputados (3) aunque sí en el senado (4). El futuro de Juntos por el cambio estaría determinado en buena medida por la evolución de la economía. Si el reciente default selectivo condujera a un mayor descalabro financiero, con hiperinflación (5), el futuro político del macrismo estaría muy comprometido y podría ser semejante al de los radicales después de la crisis del 2001. 
Esta hipótesis, de cara a las elecciones de octubre, me lleva a pensar que es de vital importancia fortalecer –desde ya- una oposición que haga lo posible para que el peronismo no se consolide como partido predominante. De lo contrario, corremos el riesgo de que vuelvan a manifestarse las tendencias hegemónicas. Y a mi juicio, esto no puede hacerse apoyando a Juntos por el cambio, como proponen hoy algunos liberales del «mal menor». Al contrario, pienso que si se quiere «salvar la República» es imperativo fortalecer espacios opositores que la ciudadanía perciba como no vinculados al fracaso macrista.
En resumen: hoy se trata de estar en el lugar de opositores sensatos al futuro gobierno peronista y no en el de copilotos de un torpe naufragio.






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jueves, 29 de agosto de 2019

El resultado de las PASO



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Terminado el escrutinio definitivo de las PASO, Alberto Fernández obtuvo 12.202.770 votos y su porcentaje quedó en un 49,49%, mientras que Mauricio Macri totalizó 8.121.416 votos y quedó en un 32,94%.
El resultado de las últimas primarias deja una clara lección, para quien esté dispuesto a aceptarla: el gobierno de Macri es el principal derrotado. Perdió por paliza. Las razones de esta derrota, bien explicadas por Casullo (1), no son difíciles de comprender:
- La performance económica. El fracaso de Cambiemos ha sido enorme, empeorando la mala herencia recibida del gobierno anterior, con un daño a la economía real que todavía no ha terminado de realizarse, ni ha sido completamente explicitado por los analistas. La percepción del ciudadano común es que está peor que antes.
- Unidad de la oposición peronista. En el 2013, 2015 y 2017 el peronismo estaba desunido y enfrentado en diferentes líneas internas. El Frente de Todos supo encontrar la unidad perdida. El resultado de “las PASO se explica menos por un derrumbe electoral de Juntos por El Cambio que por una trepada en la cantidad de votos del peronismo” (2). 
- Personalización  de la política. Nuestro sistema es presidencialista. Lo cual implica que el votante hace un juicio sobre la figura de un presidente que es candidato. El votante ve a Macri como la encarnación de un gran fracaso y el causante de sus penurias.
La hipótesis más probable es que las tres razones que explican la derrota del oficialismo en las PASO, seguirán presentes en octubre. En efecto,
“en la elección de primera ronda la sociedad argentina tendrá que responder a una pregunta también bastante sencilla: ¿Quiero que Mauricio Macri siga siendo el presidente, o preferimos cambiarlo? La contundencia de los resultados de las PASO lleva a pensar que el Gobierno no logrará resultados diferentes si no ofrece algo radicalmente distinto en algunas de estas dimensiones” (3).
Si se mantienen las actuales condiciones, me atrevo a decir que los Fernández ganarán la elección en primera vuelta. Y no es temerario pensar que el default selectivo (4) de ayer, denominado reperfilamiento, profundice el descalabro financiero hacia una cesación de pagos más amplia y marque el inicio de una hiperinflación. Todo lo cual se traduciría en un mayor caudal de votos para la oposición.






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(2) Ídem.
(3) Ídem.

viernes, 16 de agosto de 2019

Un digno adversario



Algunos liberales no son favorables a entrar en la política partidaria. Llegan a esta conclusión a partir de una premisa que todos compartimos: “El liberalismo es una concepción constitucional (meta-política). Son las reglas republicanas y de libre mercado que deben gobernar a una sociedad indistintamente del gobierno de turno” (ver aquí). Por ende, creen que al liberalismo corresponde la tarea de influir en la política arquitectónica pero sin entrar en la política agonal (ver aquí). Hay distintas maneras de incidir en la política sin entrar en la contienda electoral, una de las cuales es mediante los Think Tanks. En la Argentina, contamos con varias fundaciones que podrían ponerse de ejemplo.
Otros liberales, en cambio, creemos que esta tarea cultural es necesaria, pero no suficiente. Pensamos que hace falta implicarse en la política agonal. Para lo cual, al menos en las democracias existentes, hay que lograr el apoyo de la mayoría mediante el voto para acceder al poder.
Desde una perspectiva favorable a la política agonal, quiero dedicar esta notita al candidato Juan José Gómez Centurión. Y aclaro -desde ya- que no voté por él, sino por José Luis Espert. Por tanto, voy a hablar de un “adversario”, que sin embargo está lejos de ser un “enemigo” político.
Tengo las mejores referencias personales de Gómez Centurión, provenientes de amigos y conocidos que han tenido oportunidad de conocer bien su actuación previa a su ingreso en la última campaña electoral. Su biografía política puede consultarse aquí. No doy mayor importancia a algunas “denuncias” en su contra –provenientes de los peores elementos de nuestra política- que no han tenido relevancia judicial. Cabe recordar que Gómez Centurión tiene estudios superiores en Ciencia Política, es un héroe de Malvinas y fue condecorado con la Cruz al Heroico Valor en Combate, la más alta distinción militar del país.
He comenzado por hablar de las cualidades personales de Gómez Centurión porque en política agonal de poco vale decir: importan las ideas y no las personas. Las ideas, por sí mismas, no pueden ponerse en práctica. Se necesita de personas que las apliquen. Sin líderes políticos las mejores ideas quedan encerradas en las cuatro paredes del mundo intelectual.
Pero quiero decir algo más sobre las ideas del frente NOS, que lleva a Gómez Centurión como candidato a la presidencia de la República. Para lo cual es menester acudir a la fuente principal y directa del ideario, su plataforma electoral (aquí). Vale la pena leerla completa. Porque si bien es cierto que la campaña de NOS ha puesto énfasis en el capítulo VIDA Y FAMILIA, y un poco menos en DEFENSA y POLÍTICA EXTERIOR, esta plataforma no deja ser integral. Si tuviera que “etiquetar” el ideario del frente NOS diría que es conservador, con algunos elementos de derecha nacional, pero que no asume los tópicos gastados del viejo nacionalismo argentino. En general, las ideas el frente NOS se asemejan bastante a las del Partido Republicano de los Estados Unidos, con singularidades propias de la idiosincrasia argentina.
Este énfasis de la campaña de NOS en los tres capítulos mencionados, contrasta con la campaña de José Luis Espert, del frente DESPERTAR, la cual se ha concentrado mucho en temas económicos, que son la especialidad de su candidato. De hecho, me decidí a votar por Espert no sólo porque coincido con sus propuestas en lo económico, sino porque creo que lo más urgente hoy es ordenar la economía del país. Otros temas, si bien son importantes para las libertades civiles (ideología de género, ESI, etc.), podrían ser abordados en un momento posterior, siempre que se garantice un mínimo de respeto por la Constitución Nacional (ver aquí y aquí) y los derechos que la misma reconoce a todos sus ciudadanos.
Volviendo a Gómez Centurión, cuando se lee el capítulo de la plataforma de NOS dedicado a la POLÍTICA ECONÓMICA se advierte un diagnóstico correcto respecto del problema central: el Estado asfixia al país, lo oprime y no lo deja crecer. A diferencia del gobierno de Macri, NOS deja en claro que no pretende administrar mejor un sistema ineficiente, que crea las condiciones para que florezca la corrupción, sino que viene a cambiar el sistema. Tal vez una carencia de la plataforma sea que no tiene referencias explícitas a la necesidad de la apertura comercial y a una reforma laboral. Pero tampoco se opone a estas dos grandes reformas. Y es claro que reformar estructuralmente el Estado y bajar la carga tributaria es una condición necesaria para que la apertura al comercio no cause daño a las empresas argentinas, generando quiebras en masa y mayor desempleo. Una reforma del Estado, acompañada de una baja significativa de impuestos, podría generar un salto en las exportaciones, el cual podría impulsar demandas de mayor apertura comercial (1). Asimismo, sin reforma de las leyes laborales sería muy difícil que el sector privado pudiera absorber el exceso de personal estatal que hay que despedir porque no cumple ninguna función. Luego, la plataforma de NOS se extiende sobre otros puntos importantes, que no voy enumerar ahora para no hacer más larga esta nota. En fin, un dato adicional para valorar justamente la plataforma de NOS es la inclusión del economista Agustín Monteverde como coordinador de sus equipos económicos.
En las últimas PASO, el espacio encabezado por Juan José Gómez Centurión y Cynthia Hotton alcanzó un total de 642.636 votos, es decir un 2,63%, de acuerdo al escrutinio provisorio, superando a José Luis Espert. Un resultado más que digno, si se considera el efecto del clima de polarización sobre un candidato apenas conocido, de escasísima llegada a los medios de comunicación, que arrancó tarde e hizo una campaña con casi ningún recurso.
Algunos liberales tienen una fuerte antipatía hacia Gómez Centurión. Seguramente esto se deba a diversos factores, que no es del caso analizar ahora. Pero lo que llama la atención es que esos mismos liberales se sienten muy cómodos reivindicando figuras como Ronald Reagan y Donald Trump.
En mi opinión, el liberalismo hoy no tiene grandes posibilidades de obtener resultados significativos en la política agonal si no comprende al menos dos cosas: el principal “enemigo” político es la “hegemonía socialdemócrata”, o “progresismo sistémico” (2); para lograr implementar políticas públicas liberales, hay que "derrotar" al "enemigo" y para ello se requiere de una alianza con sectores de “derecha” que no son estrictamente liberales. Por tanto, veo a Gómez Centurión no sólo como un digno adversario, sino como un potencial aliado.


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(1) Sobre la simetría de Lerner ver:
(2) Ver aquí:


lunes, 5 de agosto de 2019

Kirchnerismo y reforma constitucional



En febrero de 2011, la dirigente kirchnerista Diana Conti hizo declaraciones (aquí) preocupantes para muchos: “Los sectores ultra K a los que pertenezco avizoramos el deseo de una reforma constitucional porque quisiéramos una Cristina eterna". Así expresó que se analizaba "una posible reforma constitucional para que se permita la reelección indefinida". Claro que no dejó de advertir que para tal fin es "necesario contar con consenso del arco político".
En las Elecciones presidenciales del 23 de octubre de ese mismo año, Cristina Fernández de Kirchner obtuvo el 54,11 % de los votos, accediendo así a un segundo mandato. El Frente para la Victoria logró el mayor porcentaje alcanzado en una elección presidencial desde 1973, habiendo obtenido la mayor cantidad y porcentaje de votos en una elección desde el retorno de la democracia en 1983; y la segunda mayor ventaja histórica respecto del candidato ubicado en segundo lugar.
Ante semejante triunfo electoral, cabe preguntarse por qué desde el inicio del segundo mandato de Cristina no se reformó la Constitución Nacional de acuerdo con el deseo de los sectores ultra K representados por Diana Conti. La respuesta más simple es: porque el artículo 30 de la Constitución dispone que la “necesidad de reforma debe ser declarada por el Congreso con el voto de dos terceras partes, al menos, de sus miembros; pero no se efectuará sino por una Convención convocada al efecto”. Y el kirchnerismo triunfante no pudo lograr esa mayoría calificada siquiera en su momento de mayor poder. Hubiera necesitado de un amplio acuerdo con la oposición y no lo intentó.
Dos años después, con de la derrota electoral de 2013, la misma Diana Conti (aquí) tuvo que reconocer que “se acabó la posibilidad de Cristina eterna”. Otra vez, por la misma razón, un hecho tan simple como contundente: no logró la mayoría necesaria para plantear seriamente el tema.
Este año, ante el posible triunfo de la fórmula encabezada por Alberto Fernández, vuelve a mencionarse la hipótesis de una reforma constitucional. Y no faltan kirchneristas que se pronuncian en tal sentido, como la inefable Diana Conti. De esto da cuenta un editorial del diario La Nación (aquí). El cual, sin embargo, no deja de recordar que las “trasnochadas y aviesas intenciones de una nueva Constitución, […] deberían tropezar con un Congreso nacional en donde ni La Cámpora ni la expresidenta estarán cerca de contar -aun obteniendo un buen resultado electoral este año- con el número de legisladores requerido para lograr los dos tercios del total de miembros de las dos cámaras y declarar la necesidad de otra reforma”. Una vez más, el artículo 30 de la Constitución pone un freno a las pretensiones hegemónicas.
Sin embargo, desde el gobierno de Cambiemos, se insiste con una “campaña del miedo” al eventual retorno del kircherismo, mediante el fantasma de una deriva autoritaria como la de Venezuela. Y un capítulo importante de esta campaña consiste en difundir en la opinión pública el temor a una reforma constitucional de corte populista y autoritario. Pero esta campaña ignora el principal obstáculo que el kircherismo debería sortear: la mayoría requerida por el artículo 30 de la Constitución Nacional. Además, la hipotética reforma no cuenta con el aval de Alberto Fernández, quien declaró: “la verdad es que no hace falta impulsar ninguna reforma constitucional. Ni en la escala de prioridades de la Argentina del presente la reforma constitucional es un problema. No lo es. Yo, además, Alberto Fernández en particular, tengo mucho apego a la Constitución Nacional de 1853. Y no creo que sea el problema de la Argentina” (aquí). Poco importa si esta declaración es sincera; lo cierto es que no tendrá -ni en el mejor de los escenarios electorales- la mayoría requerida para reformar la Carta Magna.
Más allá de las preferencias políticas de cada uno –las mías, opuestas tanto al kirchnerismo como al macrismo-, creo que no debemos prestarnos a una propaganda engañosa y mendaz. No seremos Venezuela, como dicen las focas amarillas. Lo cual no implica que una presidencia de Alberto Fernández estará libre de tentaciones hegemónicas, ni exenta de medidas tendientes a concentrar el poder político.

jueves, 1 de agosto de 2019

El cuco venezolano




A medida que se acercan las elecciones, el oficialismo intensifica su «campaña del miedo». Ante un inocultable fracaso económico, el macrismo no encuentra otra forma segura de retener el poder que no sea polarizar con el kirchnerismo, explotando el temor a su eventual retorno. Para ello apela de modo recurrente a la comparación con Venezuela. Y nos anticipa que, si Macri no reelige, viviremos un proceso similar al chavismo.
Esta asimilación con Venezuela no me parece correcta. Sólo puede llevarse a cabo forzando semejanzas discursivas y omitiendo enormes diferencias fácticas. Una de estas diferencias merece especial atención en esta entrada: el factor militar (*).
1. El auge del militarismo
El chavismo venezolano se caracteriza por su militarismo: un creciente papel de los militares en la economía y la política del país, llegando las FF. AA. a constituirse como la principal fuente del uso abusivo del poder.
Durante los gobiernos de Chávez fue predominante, aunque no exclusivamente, el desarrollo del papel político de las FF. AA., mientras que en el gobierno de Maduro predominó su incorporación como agente principal en la economía y otras áreas estratégicas del país. De esta forma, la consigna chavista de la relación cívico-militar para gobernar el país devino en una gobernabilidad abiertamente autoritaria, que le otorgó al sector militar un papel central en la economía y la política. A partir de 1999, se avanzó paulatinamente en una militarización de la sociedad. Este proceso es considerado por algunos como un ejemplo de la consolidación de un nuevo tipo de régimen militar del siglo XXI, mientras que para otros es un modelo de «Estado cuartel».
2. La politización, ideologización y partidización de las FF. AA. 
El primer paso en este proceso fueron los cambios constitucionales de 1999, que crearon un mando militar unficiado; la incorporación formal de las FF. AA. en tareas de seguridad interna; la eliminación del papel supervisor del poder legislativo sobre los militares, que quedó en manos del presidente. En esta primera etapa, el énfasis estuvo puesto en la identificación de la FF. AA. como «bolivarianas». En 2007, después de su reelección, Chávez privilegió la revolución «socialista» y el papel militar en su defensa. Una serie de leyes y decretos hicieron que las FF. AA. pasaran a representar el proyecto político chavista. Así se creó la Milicia Nacional Bolivariana, definida como complemento de las FF. AA., dependiente del presidente; y su función incluiría el mantenimiento del orden interno.
Durante el gobierno de Maduro, su gabinete ejecutivo ha tenido un promedio de más de 30% de carteras ocupadas por militares. Entre las más importantes: Defensa, Interior, Justicia y Paz, todas bajo el mando de militares en servicio activo. Un capítulo aparte es que los servicios de inteligencia han estado en manos de militares en actividad.
Indirectamente, a los militares también se les otorgó un mayor poder en los ámbitos de gobierno regional y local. En las elecciones para gobernadores de octubre de 2017, de 19 funcionarios elegidos por el oficialismo, 8 eran militares retirados.
Con la finalidad de restar poder a las autoridades civiles locales, el presidente Chávez creó las zonas bajo el mando de militares activos que centralizan funciones antes a cargo de los gobiernos locales. Así, se prohibió a autoridades regionales y municipales llevar a cabo acciones relacionadas con el control y la distribución de alimentos, dejándolas en manos de las FF. AA.
3. El papel económico de los militares
Después del fallecimiento de Chávez y la elección de Maduro en 2013, el nuevo mandatario tuvo que enfrentar desde el inicio una crisis económica que era inevitable debido al modelo que había heredado. En lugar de iniciar reformas, profundizó el modelo de controles, lo que llevó a que la crisis se agudizara. Por su debilidad, tuvo que ceder espacios de poder económico cada vez más importantes a los militares y convertirlos no solo en actores políticos sino también en empresarios que controlan los sectores más importantes de la economía nacional. Con Chávez, los militares habían desempeñado actividades en el sector económico, como por ejemplo el Plan Bolívar 2000 para la distribución de alimentos e incluso la presidencia de la estatal petrolera (PDVSA). Con Maduro, su papel pasó a ser predominante, ya que se les otorgó a militares activos y retirados el control del sector eléctrico, el metro de Caracas, las empresas de aluminio, hierro y acero en el sur del país, así como los puertos y las aduanas. A partir de 2013, se conformaron cuatro empresas militares: un banco, un canal de televisión, una empresa de transporte aéreo y otra de agricultura.
4. Debilitamiento y desprofesionalización de la institución militar
El avance del papel político y económico de los militares durante los últimos 18 años ha conducido a la erosión del control democrático sobre el sector de seguridad y defensa. Tanto nacional como internacionalmente hay un consenso sobre la desprofesionalización de las FF. AA. venezolanas, así como denuncias sobre la participación de algunos de sus miembros en actividades de narcotráfico, crimen organizado transnacional, contrabando de gasolina, alimentos y tráfico de personas, especialmente en la frontera colombo-venezolana. Recordemos el desempeño de los militares venezolanos como represores de protestas sociales y sus labores en el sector de la inteligencia interna.
Cualquier lector bien informado sabe que en la Argentina no hay un factor militar que pueda cumplir el rol que las FF. AA. desempeñan en la vida política y económica de Venezuela. La sociedad argentina está muy lejos de poder alcanzar tal grado de militarización. De modo que el intento de asimilar el eventual retorno del kirchernismo con el régimen venezolano es un abuso propagandístico del gobierno de Macri.


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(*) Estos cuatro puntos que caracterizan al militarismo chavista están tomados de:

jueves, 18 de julio de 2019

Carta abierta a mi maestro y amigo Alberto Benegas Lynch (h)


Carta abierta a mi maestro y amigo Alberto Benegas Lynch (h)
Reflexiones sobre el pedido a José Luis Espert a días de las primarias.
Por Marcelo Duclos
Con motivo de la publicación de la carta de Alberto a José Luis Espert, donde, como todos ya saben, le solicita con las mejores intenciones que desista de su candidatura, consideré necesario hacerle llegar mi punto de vista. No solamente a mi maestro y amigo, sino a los que puedan compartir su preocupación.
Antes que nada, quisiera insistir en la actitud constructiva de Alberto y resaltar que no hay en sus palabras ninguna especulación ni mala intención. Digo esto porque en las últimas horas leí todo tipo de comentarios en las redes sociales donde hasta se llegó a poner en duda las motivaciones detrás de la carta abierta. Nadie que conozca mínimamente a Alberto (o esté familiarizado con su trabajo y trayectoria) puede decir semejante estupidez.
Con respecto a algunos “jóvenes libertarios”, que llegaron a las ideas antes de ayer y tienen como formación un par de horas de videos de YouTube, y que le dedicaron algunos agravios al maestro por su posición, mejor no hablar. Sin Alberto Benegas Lynch (h) no hay Javier Milei, José Luis Espert, Agustín Etchebarne, Roberto Cachanosky, Gabriel Zanotti, Ricardo Rojas ni todos los que formaron a las nuevas camadas.
Yo estoy absolutamente convencido que sin Alberto no hay Marcelo Duclos y le estaré agradecido toda la vida. Sus libros, artículos y conferencias han sido un pilar fundamental para mi formación y a la nueva generación que todavía no lo ha leído, pero que repite el mantra del “respeto irrestricto al proyecto de vida de otras personas”, les recomiendo enfáticamente que vayan a sus obras. Textos como Fundamentos del análisis económico o Las oligarquías reinantes son vitales para cualquier liberal que se precie de serlo. Alberto es la piedra fundamental del liberalismo argentino, un referente internacional y ninguno de nosotros le llega a los talones. Lo necesitamos muchísimos años más.
Aprovecho la oportunidad también para reconocerle a Alberto la generosidad que ha tenido siempre. Mientras que muchos referentes, que no se mueven sin cobrar sus jugosos honorarios (y no está mal, aclaro) el maestro, en términos que solamente la praxoelogía de Mises puede explicar, trabaja casi siempre solo por la retribución de sembrar liberalismo. En todos los eventos que he organizado, de los que él ha sido parte, jamás ha pedido un peso en concepto de honorarios. Ha viajado cientos de kilómetros en auto, dormido en hoteles de bajo o nulo estrellato, volado en clase turista y todo por amor a las ideas. Considero que estas infidencias deben ser conocidas por todos. Su apertura al diálogo, su actitud productiva de no atarse a ningún dogma fomentando el debate y su profundidad, transmitida con la mayor de las simplezas, lo hace el mejor de nosotros. Cuando le comuniqué que no compartía su carta a José Luis me dijo: “Querido Marcelo, así es la cosa: los desacuerdos permiten aprendizajes recíprocos”.
Con respecto al tema en cuestión, y reiterando que lo conozco lo suficiente como para asegurar que no hubo malicia en sus palabras, considero que el pedido de Alberto es desafortunado. Para empezar quisiera recordarle que hay muchísimas personas que no están dispuestas a votar por el oficialismo en ninguna de las instancias. Yo soy uno de ellos. Aclaro, para el que no me conozca, que no necesito ser advertido de lo que significó el kirchnerismo. Durante los peores años de la democracia argentina sufrí el autoritarismo del Gobierno anterior en primera persona. Por un período prolongado me dediqué a subsitir vendiendo cosas en la calle, contando con una carrera y un posgrado, porque tres posibles empleadores consecutivos me consideraron como un empleado de riesgo. No por lo que pueda hacer yo, sino porque estaba “escrachado” como un fuerte crítico del kirchnerismo. Cuando fui vetado de una prestigiosa casa de estudios en la que iba a empezar a desempeñarme como docente, un contacto interno me aseguró que recibió la orden de suspender mi contratación luego de haber sido “googleado”. El temor no era por mí, sino por mi antikirchnerismo activo, que ya había tomado estado público. La organización de las manifestaciones masivas, la venta de dólares en la calle en protesta del control de cambios, las clases abiertas de política monetaria en frente del Banco Central o el llamado a intercambiar las tarjetas de transporte para que el Estado no registre los movimientos de los usuarios, estaba al alcance de un click. Y si hubo algo peor que la censura en la época K fue la autocensura. Son las reglas y yo elegí mi camino. Lo volvería a hacer.
Pero seguramente que el día que peor la pasé fue cuando repentinamente fueron hackeadas todas mis cuentas en Internet. Me desempeñaba como asesor de prensa de una diputada opositora y tras recibir un llamado telefónico de mi antigua jefe, informándome sobre un proyecto delicado que se presentaría, y que complicaba al Gobierno, repentinamente desapareció mi acceso a cualquier cuenta en la red. Fue en cuestión de minutos. El llamado anónimo de un agente de inteligencia (seguramente enfrentado al Gobierno de entonces) que horas después me advirtió que esas comunicaciones sean personales, ya que la diputada y yo eramos monitoriados, me hizo sentir en carne propia la sensación de dictadura. Pasaron semanas hasta que pude recuperar mis mails y redes sociales. Al lado de eso, poco fue el día que una horda de más de 20 cobardes kirchneristas vinieron a propiciarme una golpiza, solo por estar con una mesita en la calle repartiendo folletos con la cara de Ricardo López Murphy. Para no ponerme demasiado autorreferencial, aclaro que yo también padecí al kirchnerismo, no justamente por “no poder comprar dólares”, como muchos que hoy se rasgan las vestiduras.
Cabe recordar que por esos días Mauricio Macri desistió de competir por la presidencia y le regaló a Cristina el famoso 54 % que sirvió de excusa para “ir por todo”. Igualmente lo apoyé públicamente en 2015, lo voté y no me arrepentí un solo día. Aunque sabía que no podía esperar grandes cosas de “Cambiemos”, nunca me imaginé que el nuevo Gobierno podía llegar a hacer un mamarracho como el que hizo de la mano de Pichetto con la cooptación de Asseff. Aún sabiendo que el macrismo apoyó la reforma política que virtualmente elimina la posibilidad de la creación de nuevos partidos, no lo imaginaba utilizando al estado (con minúscula, como me enseñó Alberto) para hacer semejante canallada. Querido maestro, si la utilización del aparato gubernamental para la eliminación de la oposición electoral es una “zancadilla”, debo decirte que estoy en profundo desacuerdo. Eso para mí, que pensaba acompañar al actual presidente en un eventual balotaje, fue un punto sin retorno. Como yo piensan varios. En lugar de buscar las responsabilidad por estos lados, creo que lo más justo sería guardar las críticas para el oficialismo, que hizo que muchos de los que le dimos los votos para vencer a Daniel Scioli en aquella segunda vuelta, hoy en la misma circunstancia prefiramos quedarnos en casa. Si el presidente quiere mi voto en alguna instancia, yo quiero unas disculpas, no como liberal ni como votante de Espert, sino como argentino. Ni el kirchnerismo hizo semejante barbaridad tan burda. Ellos se limitaban a seducir a los diputados ya electos. Guatemala y guatepeor.

miércoles, 26 de junio de 2019

Lopérfido, el candidato que no fue

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La finalidad de esta entrada es darle nueva forma, y un poco más de extensión, a unas ideas que dan vueltas en mi cabeza y he intentado explicar en el caótico twitter.
La noticia que motiva estos comentarios es la decisión de Darío Lopérfido de bajar su candidatura a jefe de gobierno porteño (ver aquí). El dirigente iba a presentarse por un nuevo espacio, denominado Republicanos, que impulsaba su postulación, pero no pudo superar dificultades legales en el distrito y su candidatura se frustró. Según referentes de Republicanos, tomaron la decisión de no presentarse en 2019, continuar con el trabajo y participar en las legislativas de 2021.
La pregunta que uno se formula es: ¿por qué no quisieron presentarse, siquiera con una lista corta, esto es con una opción electoral confinada a los límites de CABA?
Karina Mariani (ver aquí) dio una razón valedera: no llegaron a tener partido propio. El sistema electoral funciona de tal manera que hace bastante difícil que aparezcan nuevos partidos, por los engorrosos requisitos que impone. Por tanto, no es justo reprocharle a un espacio político –cualquiera sea este- el no hacer algo que le resulta jurídicamente imposible. No pudieron, pero hicieron el intento; cosa loable en medio de tanta apatía y mediocridad.
Pero luego se conocieron explicaciones adicionales a cargo de Darío Lopérfido (ver aquí). Sobre las cuales quiero hacer algunos comentarios.
Dijo Lopérfido: "No quiero tener la responsabilidad, aunque sea por un voto, de que pierda el gobierno por mi decisión de correr en la Ciudad. Mi objetivo es que no vuelva el kirchnerismo". Ya no se trata de una imposibilidad jurídica, como la apuntada por Karina Mariani, sino de la voluntad de no contribuir siquiera remotamente a restarle votos al oficialismo. Y digo remotamente porque una candidatura a jefe de gobierno de CABA puede tener una incidencia muy escasa en una elección presidencial.
Otro referente del mismo espacio habló de no ser funcionales al kirchnerismo. El problema con este concepto de lo funcional es que resulta ambivalente. El precandidato que abdica con la intención de no ser funcional a unos (kirchnerismo) elige ser funcional a otros (macrismo). No discutiré si se trata de un peligro real o de un temor infundado. Aunque no deja de ser una ironía que la manera de no ser funcional al kirchnerismo requiera ser útil a un fórmula presidencial que incluye a Miguel Ángel Pichetto, quien desde el senado favoreció y votó todos los desastres del kirchnerato.
Quiero detenerme un poco en el principal supuesto implícito de esta conclusión: el kirchnerismo como “mal absoluto” (1). Si el kirchnerismo es un mal político radical, absoluto, incomparablemente más grave que el daño causado por el actual gobierno, no queda más que coincidir con Lopérfido, taparse la nariz y apoyar a Macri como el mal menor. Sin embargo, tal valoración no me parece acertada. Por el contrario, la considero fruto de una confusión de las palabras con las cosas, de los "discursos” con las acciones concretas. Y también el resultado de una astuta campaña de manipulación. Con palabras de Santiago González (ver aquí):
“El argumento de que hay que votar a unos para que no sigan/vuelvan los otros es falso, porque los unos y los otros ya han demostrado con creces que son lo mismo: el macrismo no hizo más que agravar los males causados por el kirchnerismo. Si hay alguna diferencia es apenas estética, o de modales. Los que se enriquecen gracias a su cercanía con el Estado siguieron haciéndolo en estos cuatro años como en todos los anteriores”.
Es que en la realidad entre macrismo y kircherismo no hay diferencia importante sino de grado y en distintos aspectos. Los datos macroeconómicos confirman (ver aquí) que Macri no sólo conservó el desastre recibido de Cristina Kirchner sino que lo empeoró. Además de la profundización del daño en la economía, también en los hechos políticos –que no en los discursos, hasta ahora- vinculados con la calidad institucional el gobierno de Macri a diario se esfuerza por asemejarse a sus predecesores.
Pero Darío Lopérfido, además de declinar su candidatura, y justificarse con el argumento de la funcionalidad, tres días después mantuvo un encuentro con el presidente Macri en la quinta de Olivos, en el cual ratificó que no se sumará a Juntos por el Cambio. Justificó su visita al presidente declarando el propósito de “generar canales institucionales que permitan acercar ideas y propuestas desde una oposición responsable”. En el contexto de lo que ha venido ocurriendo en las últimas jornadas, con un gobierno nacional que no vaciló en incorporar a sus filas a Pichetto (calificado como “delincuente” por Carrió y como “garante de la impunidad en el senado” por Zuvic); que no dudó en borocotizar al dirigente Alberto Asseff para aniquilar la candidatura de Espert; la actitud de Lopérfido luce al menos sospechosa. No puedo afirmar que hubo algún pacto oculto, porque carezco de pruebas y creo en la presunción de inocencia.
Por último, en declaraciones radiales Lopérfido dio un paso más: “Le pido a Gómez Centurión y a Espert que bajen sus candidaturas. Lo tiro como reflexión, no soy quién para decirles". El pedido es coherente para alguien que considera al kirchernismo como el “mal absoluto”. Pero sospechoso en un contexto de deserciones, traiciones y operaciones.
En lo que a mí respecta, reconozco que vi con simpatía la candidatura de Lopérfido y me animé a darle una cuota de confianza. Pero a la luz de sus recientes actitudes y declaraciones, me parece prudente retirar esa confianza hasta tanto su conducta disipe las sospechas que hoy se levantan sobre su actuación reciente.

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(1) Noción que remite a la obra de H. Arendt, Los orígenes del totalitarismo.



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